2 ago 2008

Yo y la Quinta Pata del Gato.

Cinco patas tienen los gatos, no es que halla que buscárselas, ellos solitos las tienen ¡y que me aleguen! porque todo el mundo siempre alega, yo se las veo, se las veo todas las mañanas cuando bajo la escalera y lo pillo como un ovillo en el sillón, yo le veo las cinco patas.

Y después me dices “que lindo comenzar un nuevo día”… como podría ser lindo, si tan sólo bajo de la cama y está ese, el felpudo, con cara de inocencia, con sus ruiditos amistosos, apenas pongo mis dos patas; porque yo tengo dos como todos tenemos los humanos; apenas las apoyo descalzas y adormiladas en el suelo, este, él, se refriega, ¡sí! se refriega con sus cinco malditas patas.

No es que yo desprecie su especie, por algo lo tengo en casa, es más hasta admiración por él siento, pero que tenga cinco patas es demasiado.

Tampoco es que muera por eso, ni que lo valla a hacer, nunca he escuchado que alguien muera por culpa de un gato de cinco patas.

Terrestre, terroso, terrícola, terrenal, terruño y un gato de cinco patas, el mundo que gira descoordinado y lo verde que alcanza la altura, el gato trepa con sus cinco, y yo, con mis dos; porque yo tengo dos como todos tenemos los humanos; continúo marginado en la superficie expuesta al giro descoordinado del mundo.

Por eso es que amo al gato, con sus cinco patas incluidas; porque con sus cinco trepa el verde y libera su cuerpo de la inutilidad de un girar descoordinado.

Pero, te decía… ¿me repites la pregunta? Te decía que no se puede mirar entre cinco patas, con cuatro no hay problema, metes el ojo en el medio y sales recto y en una sola línea... pero con cinco… son tantas vueltas, tantos titubeos… y subir a la altura del verde… con dos patas… ¡No! con dos patas sólo se puede titubear entre las otras cinco.

Abstenerse, abstraerse, borrarse, esfumarse y caminar en dos, con dos.

Yo preocupada por mis dos patas y él con sus cinco se arrulla contra mis dos, que suave, que tierno, que conmovedor, por un instante pienso que este ser superior a mi que puede subir al verde, necesita, depende de mi que me he quedado en la superficie; pero te digo y que quede muy claro, él no me necesita, es sólo su compasión por mis dos patas. Por eso las acaricia, porque le dan pena.

Y ese ovillo en el sillón, ese cojín perfecto, tibio y suave; una mano por su lomo blanco y enciende las linternas, has visto linternas tan potentes que puedan iluminar más que el sol del desierto. Si; tal vez sea eso, viene del sol, y de tanto correr le creció la quinta.

Su linterna me mira y podría pensar que me ama, pero no, el siente lástima…

”pobre de ti que con tus dos patas debes salir de la comodidad del sillón y arrastrarte por la superficie intentando no caer con la descoordinación de las vueltas del mundo”…

Siente lástima porque si él quisiera dejar la tibieza del sillón, no tendría que arrastrarse, si no que pasearía por el verde, cercano a las altura, ajeno y alejado a la descoordinación del mundo.

Por eso lo amo por sobre los otros, porque con sus cinco patas me supera, pero cuando siente lástima de mis dos patas, me convence de que tengo superioridad por sobre él, y eso me gusta, aunque sea sólo el producto de la lástima que provocan mis dos patas.

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