2 jul 2008

En un lugar llamado tierra

Como forjadores del cielo, se desvanecen en el viento.

Sus sueños crecidos de la tierra

Son el crepúsculo de la flora que rodea al mundo.

Con el llanto de las madres,

Que en plena pampa dan a luz al hijo de la cordillera;

Así viene el labrador a construir bandadas de vientos de esperanza

Con su camisa manchada de amarillo y ojos ingenuos,

Más parece un ser de antaño;

Que habitante de esta fabrica de hombres sin vida.

Con su pensamiento simple; creador de historias que el río llevo en sus aguas.

Río arriba queda la labor del despertar,

Río abajo van los cardúmenes de supersticiones sin tiempo ni espacio,

Y en el centro:

Donde la roca es el llanto que palpita,

Están sus nombres colmados de gozo y añoranza.

Mas con el mate de la tarde bajo los aromos

Lanza con su mirada las pelotitas amarillas esparcidas en el suelo.

A caballo avanza por los senderos que el diablo dibujo sobre un mapa,

En busca del animal que yace en lo alto de la montaña.

Allá espera la hembra en flor para engendrar al crío,

Allá espera el becerro con sus balidos retumbantes de silencio;

Y allá va el corralero con su sombrero de paja.

Mientras en la casa de madera

Hundida en aromas que el tiempo no esconde;

Aroma a hierba reposada, a madera quemada,

A ideas hiladas en lana de la oveja;

Aguarda con la vista al horizonte la mujer que parió cinco machos

Con el rostro carcomido por el polvo,

Con las manos agrietadas del contacto con el frió.

Trabaja la arcilla que moldea entre cánticos

A las generaciones venideras

Los domingos de cada semana se viste de colores el campesino,

Con su mejor camisa, con su mejor vestido.

Conduciendo la yunta por los caminos empedrados,

Entre risas y guitarreos;

Se encamina dichoso a la pequeña capilla,

Aquella pequeña capilla,

De humilde pueblo de las cruces.

Tiene su cruz de acero

Y su cristo de yeso.

En ella se sienta tímidamente el labrador;

Con la mirada en alta, con el alma abierta,

Con la sonrisa del hombre que ama,

Y la palabra de su Dios en los labios.

Así es el labrador de esta tierra sureña;

Simple y alegre,

Humilde y trabajador,

Lleno de historias de vidas construidas a las faldas del monte,

Lleno de cuentos para el viajero que a su puerta llama.

Así es el hombre que nació de la tierra y el agua,

El hombre que cubre de sudor y sangre los pastizales,

Entregado a la esperanza del ser;

Y a la gracia del Dios que aclama.

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